Chulie de Silva y su familia a . De izquierda a derecha:
Ysoja, hermana soldado de Chulie, Chulie, Prasanna, hermano de Chulie
y dos primos.
Foto © Dr. Bertie Kirtisinghe
Recuerdos de una sobreviviente al año del tsunami
En enero de 2005, Chulie Kirtisinghe De Silva encontró consuelo escribiendo sus recuerdos del 26 de diciembre de 2004, el día en que el generoso mar le arrebató a su familia y a su país. Le llevó mucho más tiempo armarse de valor para compartir lo que escribió y, al principio, lo hizo con sólo un puñado de amigos.
Siempre me gustó hablar con el mar. Ese mar detrás de nuestra casa solariega de Hikkaduwa, al sudoeste de Sri Lanka, era mi amigo. El mar me escuchaba, me reconfortaba, me fascinaba. Al finalizar las vacaciones escolares, cuando todos se apiñaban en el automóvil para volver a la casa de mi abuela e ir a la escuela, yo siempre pedía que me esperaran un minuto, que me dejaran despedirme por última vez del mar. Corría a la playa con los zapatos en la mano para sentir la arena por última vez y respirar el aire marino. Tanto mi padre como mi familia me dejaban cumplir con este ritual.
Una semana después del tsunami, fui otra vez a hablar con el mar. Tuve que atravesar la vecina estación de buceo Poseidan para llegar a la parte posterior de la casa que conduce directamente a la playa. Como una niña, quería preguntarle por qué se había convertido en un monstruo que devoró a mi hermano Prasanna, el único de esta generación que había nacido en la casa. Yo siempre me he sentido orgullosa de haber nacido en Hikkaduwa, pero Prasanna era el verdadero hijo de la casa de Hikkaduwa; la casa cuyas paredes lo acompañaron en sus últimos momentos.
Mi abuelo construyó esa casa hace casi 100 años y la bautizó Siri Niwasa – la casa elegante. Mi padre la heredó y la llamó El jardín junto al mar. Ese día hace casi un año, parada allí frente a los escombros, le reproché lo sucedido al mar. Una de mis sandalias negras de taco alto se tambaleaba sobre una losa rota de cemento. Dos robustas extranjeras de mediana edad se cubrían con sus toallas de playa; la cerca de madera de canelo ya no estaba, los cocoteros que mi padre plantara con tanto cariño estaban desnudos hasta las raíces. El mar que besaba muy tiernamente la arena, no me respondió.
Ese fin de semana después de Navidad fue similar a tantos anteriores que yo había pasado en Hikkaduwa. Dondequiera que estuviésemos, Inglaterra, Malasia, Brunei o Australia, esta casa tenía una fuerte atracción para todos nosotros. Cuando fui a Inglaterra por primera vez, solía escribirle a mi padre tres veces por semana porque extrañaba el cariño y la calidez que prodigaba esta casa. Soñaba con el mar, los cocoteros, yo tendida en la habitación del fondo leyendo, masticando hakuru, pequeños y exquisitos dulces de azúcar de palma. Una vez que tardé en responder una carta, mi padre me reprendió diciendo: Esta cuenta se cerrará pronto y entonces no te quedarán más que recuerdos — cenizas de pensamientos.
Estaba muy cansada luego de una atareada semana de trabajo para el cierre del año, lo único que deseaba era volver a Hikkaduwa, leer un poco como antes, caminar por la playa y conversar con mi amigo, el mar. En Hikkaduwa se celebraba la Navidad con adornos, música disco, mezclada con risas y petardos que explotan de vez en cuando. La noche estaba húmeda y sofocante, no corría brisa alguna. Me apoyé en la cerca y observé como la luna dibujaba rayos plateados sobre las olas. Escuché que mi sobrino de 13 años, Mathisha, le pedía a mi cuñada que lo despertara a las 6 de la mañana para salir a trotar. “Yo también quiero ir”, le grité, “despiértame”.
Sri Lanka
Foto © Chulie Kirtisinghe De Silva, Banco
Mundial
A la mañana siguiente, Mathisha salió a trotar y yo lo acompañé caminando junto con su fiel perro mestizo Lassie que corría delante de nosotros como siempre. El mar estaba sereno, se veía el arrecife y el cielo azul con visos rosados. Intercambiamos los típicos buenos días con otros deportistas madrugadores. Los niños de la escuela se estaban preparando para una lección de natación y yo sonreí al ver sus caritas concentradas mientras hacían los ejercicios. Me detuve frente al puesto de sombreros de paja y conversé con un muchacho desgarbado que colgaba la mercadería. Me dio gusto ver a mi amiga de la infancia, Laleeni, en su jardín. Conversamos, cerca de por medio, como lo hacíamos todos estos años y quedamos en vernos el día de Año Nuevo, cuando su hermana Vajira, dama de honor en mi casamiento, llegara a Sri Lanka.
^ arriba
Aunque parezca mentira para alguien que le habla al mar, nunca aprendí a nadar bien. Ese día, como siempre, estuve chapoteando casi a la orilla del mar y me extrañó que el agua estuviera tan tibia. Mi hermano andaba haciendo de anfitrión de mi sobrino mayor Kanishka y de sus compañeros de la facultad de derecho de la Universidad de Colombo que habían venido a pasar el fin de semana. Observé a los futuros abogados jugar al cricket en la playa — un grupo de muchachos, aún niños, cuyos hombros aún no cargaban todo el peso de la vida. Mientras flotaba perezosamente en el agua, miré con cariño nuestra casa a través de los cocoteros; mi hermano Prasanna leía los periódicos del domingo en el sillón principal, mientras mi cuñada iba y venía para servirle té a los chicos. Pensé en lo afortunados que éramos de poder disfrutar de las maravillas que nos daba esta casa.
La marea comenzó a subir muy rápido, las pequeñas olas dieron paso a unas olas más grandes. Mientras salía del agua para ir a darme una ducha, pensé por un segundo que eso no era normal. Cuando salí de mi habitación, Prasanna me dijo, “Akka, hermana, ¿a qué hora vas a volver?. Dame las llaves de tu coche que te lo voy a lavar". Ese era otro ritual. Cada vez que venía a pasar el fin de semana, Prasanna, un amante del automovilismo, me lavaba el automóvil. Le dije que saldría después del almuerzo. Me respondió que los periódicos del domingo en inglés estaban en la casa principal y se volvió a leer su favorito, el “Lakbima” en Sinhala, en la veranda de la cabaña. Esta cabaña de un solo dormitorio, ubicada detrás de la casa principal, estaba a unos pocos metros del mar. En los tiempos de gloria de la casa de Hikkaduwa, se usaba para almacenar cocos y madera de canelo. Ahora era nuestro lugar de reunión preferido, donde nos juntábamos para tomar un trago al atardecer y disfrutar de una vista ininterrumpida del horizonte.
Después de leer el periódico en el kotu midula, un patio interior sin techo típico de muchas casas antiguas, fui a la cocina. Amma, mi madre, es una mujer totalmente independiente, famosa por sus talentos culinarios. No sólo cocinaba para ella, sino que me preparaba una cantidad suficiente de curries como para que me duraran dos semanas en Colombo. Mientras conversaba con ella, me devoraba su ambul thiyal, un curry de pescado típico del sur, acompañado por stringhoppers. Entretanto, mi madre recordaba cuando llegó a la casa, joven y recién casada, hace casi 60 años. Aunque las esquinas de esta casa de 96 años se estaban desmoronando un poco, todavía mantenía su encanto. Lo mismo ocurría con mi madre: las arrugas en su rostro eran más pronunciadas pero, a los 82 años, seguía siendo hermosa y elegante.
Vista del patio destruido en la parte posterior de la casa.
Foto © Jim Rosenberg
Mi cuñada, Padmini, había mandado un plato de kiribath, arroz cocinado en leche de coco, lo más parecido al risotto que tenemos los cingaleses. Preparado sólo para grandes ocasiones, es el plato preferido de todo el mundo. Me serví una porción y fui a buscarla para pedirle lunu miris, una guarnición picante de cebollas y ají que se sirve tradicionalmente con este arroz. Deben haber sido las 9:20 de la mañana. Al pasar por la veranda trasera de la casa, donde solía sentarme a comer, me fijé que no había cerrado la puerta del baño que daba a mi habitación. Por un momento, dudé si debía volver a cerrarla. “Iré después”, pensé.
De vuelta en la cocina, apenas tuve tiempo para poner el plato en la mesa cuando mi hermano menor, Pradeep, gritó que sacara a mamá pronto porque el mar se venía encima. Justo en ese momento iba a preguntar qué era ese ruido, pero creo que no llegué a completar la frase. Kanishka, mi sobrino mayor, sus dos amigos y yo le rogamos a mi madre que saliera de la casa.
Ninguno de nosotros estaba preparado para el torrente de agua enorme y aterrador que se nos vino encima en el momento que comenzábamos a salir. Fuimos tirados, empujados y propulsados con una fuerza increíble. Reaccionamos por instinto. Los chicos levantaron a mi madre, la mantuvieron sobre el agua y nadaron con ella. Enormes losas de concreto sueltas venían hacia nosotros a toda velocidad, pero pasaban milagrosamente de largo. Mi madre gritaba: “Qué pasa, qué pasa, ¿se rompieron acaso las cañerías? Yo simplemente me dejé llevar porque era imposible luchar contra una fuerza semejante.
^ arriba
Pero mi mente era un torbellino como el agua — pensamientos extraños, recuerdos de una capacitación sobre liderazgo de equipos que habíamos hecho y de un ejercicio sobre supervivencia en el desierto y pensé “Dios mío, esto es exactamente lo opuesto”. Me acordé de una historia de D.H. Lawrence, titulada La Gitana, y sus referencias a una riada. Y luego, surgió el interrogante de si sobreviviría a esto. Salimos despedidos junto al Mazda de mi hermano y no recuerdo cómo pasamos por encima de la verja y de un Montero que estaba estacionado allí. Pude ver que sacaban a mi madre del agua y la llevaban a la estación de policía, donde un policía salió a ayudarla, pero yo seguía siendo arrastrada por la corriente. En un movimiento de desesperación, me aferré a una rejilla metálica en la entrada de una ferretería, mientras chapas sueltas, postes de hierro, automóviles y cuerpos se arremolinaban y pasaban. Un hombre me gritó que cruzara nadando hasta donde ellos estaban. “No sé nadar, me quedaré acá”, le respondí. Me saqué las sandalias que se estaban enredando entre los escombros. Otro hombre que subía al techo de una tienda, me gritó que hiciera lo mismo. Miré el poste tambaleante y el techo en ruinas y decidí quedarme ahí mientras la corriente volvía a golpearme contra la rejilla.
Entonces, el mar retrocedió tal como había llegado.
Sólo pensaba en mi madre. Fui a buscarla abriéndome paso a través de la multitud que gritaba y lloraba. La encontré sentada en una silla al otro lado de las vías del tren. Estiró las manos y los pies y dijo: “Mira, ni un rasguño, tu padre debe haberme cuidado”.
Probablemente a la misma hora en que yo iba al comedor con mi plato de kiribath y sin que nos diéramos cuenta, una ola un poco más grande de lo habitual había roto en la playa. Los muchachos que jugaban cricket gritaron de alegría — la ola había dejado la superficie de la cancha bien plana. La siguiente ola, un poco más grande, aunque no tan aterradora, tiró abajo la cerca. Kanishka empero tuvo la sensatez en ese momento de decirles a su decena de amigos que corrieran a la casa. El agua entró en la cabaña hasta el nivel de los tobillos. Prasanna le había comentado a Padmini, mi cuñada, que el mar estaba más fuerte que de costumbre. Padmini salió a cubrir los platos que había puesto en la veranda para el desayuno de los chicos.
Curiosamente, nadie vio que el mar se nos venía encima. En cuestión de segundos, el agua subió casi dos metros y continuó subiendo hasta llevarse el techo. Prasanna, Mathisha y el amigo de Kanishka, Amila, quedaron atrapados en un remolino de agua y trataron desesperadamente de agarrarse de una viga. La corriente arrastró a Padmini por el mismo corredor que yo había atravesado sin problemas hacía unos pocos minutos. Un enorme aparador de dos metros que daba vueltas sin cesar, como si no pesara nada, se fue contra Padmini que, con una fuerza sobrehumana, se las arregló para empujarlo con el hombro. Amila se soltó y Prasanna pudo agarrarlo y tirarlo hacia adentro mientras gritaba a Mathisha: “Buddhu putha go” (¡Hijo querido, ve!). El agua arrastró a Mathisha y Amila fuera de la casa donde se agarraron desesperadamente de dos cocoteros. Amila le dijo al joven Mathisha que se no se soltara por ningún motivo. Mathisha dio vuelta la cabeza y vio como las paredes de la cabaña se derrumbaban; Prasanna, su padre, quedó atrapado entre los escombros.
Padmini, luchando contra el torrente de agua que la arrastraba hacia delante, vio a Lassie encima de un flotador y a Pradeep, mi hermano menor, y juntos volvieron en busca de Mathisha, saltando por encima de los roperos volcados hasta llegar a la veranda trasera de la casa donde vieron que Mathisha se soltaba y caía del cocotero. Pero las aguas ya se estaban retirando.
Dejé a mi madre en el primer piso de la casa y volví corriendo a Siri Niwasa, no sin antes pedirle a una turista belga que se quedara cuidando a mi madre. Al bajar corriendo la escalera, escuché que la turista le decía a mi madre, “Usted debe haber sido una mujer muy linda”. Alcancé a escuchar que le respondía: “No, sólo una figura agradable”.
La fachada de la casa todavía estaba en pie, pero la muerte y la destrucción se esparcían por doquier.
Había escombros por todas partes. Una capa marrón de fango cubría todo como un vómito — fragmentos de vidrio, ropa, carteras, un neceser, una caja vacía de una loción para después de afeitar que le regalé a mi hermano para el último Año Nuevo, mi blusa favorita con lunares blancos y azules. Más allá del kotu midula, ya no quedaba nada. No pude encontrar mi habitación, que se derrumbó como un castillo de naipes. No habían quedado muebles en la casa. No pude pasar más allá de la puerta de entrada, aquella puerta que mi padre miles de veces había llamado el camino al amor. Había visto a mi madre por primera vez a través de esta puerta y se había enamorado de ella.Los cables eléctricos estaban cortados y había montañas de muebles rotos.
A través de un hueco vi a Pradeep, Padmini y los dos niños. Suspiré de alivio. Prasanna, a quien no veía en ese momento, era el más fuerte de todos, así que no tenía por qué preocuparme. Corrí para ayudar a varios turistas que se habían cortado y sangraban. Mi auto, que estaba debajo del porche, se encontraba ahora más allá de la verja, pero no tenía las llaves para llevar a los heridos al hospital. Supuse que el camino había desaparecido también.
Vista posterior de la casa. .
Foto © Jim Rosenberg
En el medio del caos y los gritos, un turista de sangre fría estaba filmando. Advertí que tenía un teléfono móvil en su bolsillo y le pregunté si lo podía usar. Es danés, me dice, pero si puede hacerlo funcionar, adelante. Llamé a mi amigo Jan, que supuestamente venía con sus amigos a Hikkaduwa esa mañana. Su voz sonaba apagada, aún dormido, pero no tardó en despertar. Avisté a otro de los jóvenes amigos de Kanishka y pregunté si todos estaban bien. “Sí, todos, menos el tío Prasanna”, me respondió. Sentí que se me aflojaban las rodillas. Luego vi a Padmini con la cabeza entre las manos llorando: “Mi Prasanna se ha ido, mi Prasanna se ha ido”. Miré a mis dos sobrinos con incredulidad. Mathisha, el más pequeño, se había cortado y sangraba, pero el dolor en sus ojos no era producto de esa herida. Miré a Kanishka y le dije, “vamos a buscarlo”. Cruzamos corriendo la calle, esquivando congeladores y botes. Cortamos en diagonal a través del jardín de la cooperativa y vimos a Pradeep, parado donde estaba la cabaña, que nos hacía señas para que no nos acercáramos. Kanishka comenzó a tironearme para que no fuéramos. “¡No vayas, Nanda, tía! ¡No te dejaré ir!”. Pensé que Prasanna estaba atrapado debajo de los escombros. Entonces, me paré en seco. Todo el jardín y la playa se habían transformado en una caverna. El mar había desaparecido hasta donde llegaban mis ojos. El arrecife estaba totalmente expuesto y una franja marrón de coral muerto estaba cubierta con este vómito. Entonces, me di vuelta y le grité a Kanishka y a todos los demás: "Tenemos que ir a un lugar más alto, la próxima ola será peor y no está lejos.
^ arriba
Mi madre bajó de mala gana, sin comprender la gravedad de la situación. “Toda la comida que te hice con tanto cariño debe haberse echado a perder a estas alturas”, me dijo. Para cuando logré bajarla del primer piso, llegó la segunda ola. Pradeep está ahí, pero a Mathisha lo habíamos enviado con unos turistas para que le curaran las heridas. Hubo llamadas para que buscáramos refugio en lugares más altos y la gente comenzó a correr atropelladamente. Tuve miedo que se derrumbara la casa donde estábamos, entonces comenzamos a caminar lentamente por el agua hacia lugares más elevados, Kanishka llevaba a Padmini y yo a mamá.
Mandamos a Kanishka para que buscara a Mathisha. Tomamos té caliente y nos refugiamos en la casa de una amiga, que sacó peróxido de hidrógeno, cremas y líquidos antisépticos. Tratamos de escuchar la radio para confirmar los rumores de que la costa había sido destruida. Pradeep se encontró con un vecino que nos llevó en su camioneta a un lugar más alejado de la cosa. En el camino nos encontramos con Laleeni, mi amiga, y su hija, que también se subieron a la camioneta. A Mathisha lo rescatamos de un autobús rumbo al hospital de Galle. A medida que nos alejábamos de la costa, vimos a grupos de saqueadores que corrían hacia Hikkaduwa. Finalmente llegamos a la finca del primo de Laleeni, Upal, en Annasigala. Había cierta ansiedad. Upal esperaba a su hermana, Tamara y su hija, que arribaban en el tren de Samudra Devi, la Reina del Océano. Encendimos la TV para ver las noticias. Escuchamos con alivio que el tren había llegado bien a Hikkaduwa. Pradeep me dijo que Prasanna había muerto, que sacaron el cuerpo pero que tuvieron que dejarlo y correr cuando vino la segunda ola.
Arroz integral, curry de lentejas, jak — el almuerzo era abundante, pero yo no tenía hambre. Estaba preocupada. Cómo le iba a decir a mi madre que su hijo preferido había muerto. De pronto el aire fue traspasado por una joven voz que gritaba: “¡Ammi no está, se fue, no pude hacer nada para salvarla!”. La joven sobrina de Upal llegó en un tractor, con un visitante británico y tres escandinavos. Sheth, un británico de sangre cingalesa, tenía un corte profundo en el pie. Una joven perdió a su pareja. El cingalés que los trajo en el tractor no tenía idea si su familia estaba viva o muerta. Upal llevó a los heridos al médico. Yo llamé al canal de TV estatal para decirles que el tren no había llegado bien, y que se corría la voz de que había más de 2.000 muertos.
No teníamos dinero ni ropa, salvo la que llevábamos puesta. Pero como el teléfono de Upal funcionaba, llamé a varias personas para contarles que mi pequeño malli, mi hermanito, se había ido para siempre. Al atardecer, aparecieron dos amigos de Kanishka en la finca. El cuerpo de Prasanna había sido arrastrado a la playa, cerca de la estación de policía, y ahora se encontraba en el hospital rural. Un miembro de la familia tenía que ir a identificar y reclamar el cuerpo antes de que lo enviaran a la morgue de Galle. Padmini, mi madre y Mathisha dormían agotados. Salí de la casa caminando de puntillas. Laleeni vino a traerme sus pantuflas y un billete de mil rupias. La mujer de Upal me dio ropa limpia.
En parte a dedo y en parte caminando, llegamos al hospital al anochecer. Los cuerpos estaban tendidos en la veranda. Hombres, mujeres, niños — vidas sofocadas en pocos segundos. Muchos tenían espuma en la boca, cuerpos retorcidos en agonía, la lucha con la muerte se evidenciaba en sus rostros. El hedor a muerte invadía todo el ambiente. Mi hermano estaba tendido de espalda, sin camisa, su bello rostro en paz. Me arrodillé a su lado, tomé su fría mano, incliné la cabeza y me esforcé por decir algunas oraciones para bendecir su alma.
Escrito por Chulie Kirtisinghe De Silva, oficial de asuntos externos del Banco Mundial en Colombo.
^ arriba
