La mujer y el desarrollo en Iraq: Entrevista con Ban Saraf
Ban Saraf se considera una niña de la guerra. Nació en Iraq como la menor de 12 hermanos. Cuando era pequeña, su familia se marchó al Líbano huyendo del régimen de Saddam Hussein.
A partir de los 13 años, las bombas y los cadáveres en las calles fueron cosa de todos los días para Saraf — una experiencia que, a la larga, la llevó a ser experta y activista de la sociedad civil internacional, profesión que ejerce en la actualidad.
Hace apenas menos de dos años, Saraf dejó su cómoda vida en los Estados Unidos para retornar a Iraq — el país al que juró no volver nunca más luego de una breve estancia a los 20 años.
“Cuando llegué al Líbano tenía ocho años. En 1983, mi casa fue bombardeada mientras que yo estaba adentro,” nos cuenta.
“"En ese momento, lo único que todavía me unía a Iraq era mi ciudadanía. Nunca había vivido allí ni había realizando ninguna visita ya de grande, pero era el único país del mundo que me aceptaba. Algo lamentable, pienso”, dice Saraf.
Pero según Saraf, el Iraq de su adultez era muy diferente al de sus memorias de la niñez. Durante los dos años que pasó en el país, consagró todas sus energías a tratar de marcharse y finalmente lo logró.
“Eran tiempos difíciles. Había sobrevivido a la guerra libanesa hasta 1983, aguantando de todo, incluso armas apuntándome a la cabeza, y ahora tener que ir a Iraq, con los misiles Scud y Saddam — fue duro.”
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Desafío al status quo
Duro es también la palabra que surge en la mente de Saraf cuando piensa en la vida que llevan hoy día las mujeres iraquíes.
"Hoy, las mujeres no tienen ni voz ni voto en el rumbo que está tomando su país", dice Saraf. "No salen de sus casas, no pueden conducir. Por supuesto, hay razones de seguridad, pero a decir verdad, los hombres también corren el riesgo de que los mate una bomba".
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Saraf juzga la situación con conocimiento de causa porque trabajó en Iraq para la organización sin fines de lucro, RTI Internacional, un contratista de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional con sede en los Estados Unidos.
Su trabajo, parte del proceso de reconstrucción, consistió en el "establecimiento de concejos locales, desde vecinales hasta municipales".
Saraf comenta que el trabajo generó respuestas opuestas. "En su mayor parte, como esfuerzo en sí, la gente al principio acogió la idea con sumo agrado. En ese momento eran necesarios muchísimos servicios".
"La gente pensó que obtendrían seguridad y empleos. Antes de pensar en el proceso democrático, en la participación y en todo eso, su principal esfuerzo estaba dirigido a conseguir trabajo, tener seguridad y alimentarse. El embargo afectó mucho y yo no estaba enterada de eso".
Su labor le permitió conocer de cerca los problemas que enfrentan hoy día las mujeres en Iraq, sobre todo a partir de que L. Paul Bremer, el máximo administrador civil de la ocupación, ordenara que un 20% de los miembros de todos los concejos municipales sean mujeres.
"Pienso que confundieron liberación y democracia con hacer exactamente lo que les plazca. Entonces, de repente, cuando les dieron órdenes e instrucciones de compartir, les resultó difícil en algunos casos".
Las mujeres iraquíes se convirtieron en un problema más que en parte de la sociedad. Son un subproducto de la guerra, según Saraf. "Las mujeres están presentes en todos los conflictos cuando es necesario. Algunas familias pasaron hambre durante el embargo — no había dinero, Saddam no proporcionaba fondos. Estoy segura de que las mujeres trabajaron mucho para alimentar a sus hijos. "Lo que sucede ahora es que los hombres salen y encuentran trabajo y, además, hacen las leyes, es algo que pasa siempre después de un conflicto. No vamos a aprender nunca".
Como una persona que trabaja en el campo, Saraf valora la decisión del embajador Bremer respecto a una cuota de mujeres en cargos públicos.
"No es una postura política en absoluto, pero si no fuera por eso, no se verían las mujeres que ahora participan en forma muy activa en las conferencias.
"Son mujeres maravillosas y activas. El problema que tenemos ahora son las cuotas. Pero su cantidad, no calidad, y eso que no resulta aceptable para muchas mujeres.
"Muchas de ellas dicen 'estas mujeres no me representan. Un partido las puso ahí, pero eso no significa que van a luchar por mí, por mis intereses y mis necesidades' — que son muy diferentes de las necesidades de un hombre iraquí.
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La agenda
Cuando le preguntamos si las mujeres iraníes habían llegado a un consenso sobre sus deseos y necesidades, Saraf nos dijo que las mujeres de los seminarios a los que asistió en Bagdad convinieron en que no era necesario un consenso o una agenda para las mujeres.
“"Convinieron en que, antes que nada, se consideraban ciudadanas", dice Saraf, aunque admite que al comienzo hubo un poco de tensión entre las mujeres que usaban la pañoleta en la cabeza y las que no.
"Les dije que pusieran fin a eso y al minuto se dieron cuenta de las posibilidades que tenían ante sí. Vieron que podían trabajar juntas para ser escuchadas como mujeres, a fin de que entraran en juego otras prioridades".
Según Saraf, la única agenda común de las mujeres es que ante todo son ciudadanas, más que lo que desean como mujer.
Una mirada al pasado
Saraf se siente frustrada al ver hoy tan pocas mujeres en las calles de Iraq.
"Desgraciadamente, he notado la ausencia de mujeres en las calles. Eso es lamentable. Incluso en comparación con 1983, cuando regresé, las mujeres no aparecen públicamente y no creo que nadie se atreva a contradecirme".
Otra cosa que le preocupa es la cuestión de la educación de las niñas. Saraf dice que en el Iraq de hoy todos los indicadores muestran que ha disminuido la asistencia de las niñas a la escuela, un cambio que contrasta marcadamente con la época de Saddam Hussein.
"Saddam obligó a que las niñas y los niños fueran a la escuela", nos cuenta. "Y todos los indicadores muestran que el número de niñas que concurren a la escuela es menor que antes — quizás no tienen dinero, quizás nadie las obliga a ir.
"Y fíjense que están hablando con alguien que no veía la hora de salir de ese país cuando gobernaba Saddam y que prometió no volver nunca jamás mientras él estuviera en el poder. Pero también tenemos que ver qué funcionó y tenemos que lograr que continúe funcionando", dice Saraf.
Una mirada al futuro
Surge entonces una pregunta obvia para Saraf. ¿Volverías a Iraq? Su respuesta no se dejó esperar: "En un santiamén".
Sin embargo, Saraf dice que no tiene intención alguna de regresar mientras que los civiles tengan que vivir en una zona cercada — un área rodeada de muros de cemento y alambradas de púas conocida como la "Zona Verde".
Para Saraf, la elección es simple — no quiere trabajar en un lugar donde otras mujeres tengan que arriesgar sus vidas para verla. Ya lo hizo cuando estuvo la última vez en Iraq y le parece inadmisible volver a hacerlo.
